Monday, December 22, 2014

Diciembre 7, 2014      Anuncio de la buenas nuevas
El mes de diciembre siempre trae noticias para todo el mundo. De eso dan pruebas las estaciones de radio y televisión que hacen sus recuentos de las noticias y de los eventos que han sucedido en el año. Y los niños –siempre los niños- esperan ansiosos, porque se trata de un mes de regalos y presentes que serán los esperados o no, pero que siempre son bienvenidos.
Sin embargo, existe una noticia que es muy buena pero que pasa inadvertida para los medios de comunicación y lamentablemente también la desconoce un gran segmento de la población. Se trata de la venida de alguien que cambio la historia de la humanidad. Sucedió hace dos mil años y el lugar fue un villorrio sin importancia del medio oriente. Como para que no apareciera en las noticias del día.
El texto que hoy comentamos se encuentra en el evangelio de Marcos, capítulo primero y versículo 1 que dice: “Principio de la buena noticia de Jesús el Mesías, el Hijo de Dios”.
La intención de Dios al enviar al mensajero, Juan, el Bautista, era anunciar el cumplimiento de promesas hechas hacía ya varios miles de años. ¡Eso nos parece mucho tiempo a nosotros, seres humanos que corremos en una carrera que se llama vida moderna y que no parece dar tregua! Pero en el calendario divino, el tiempo y la ocasión eran lo correcto.
Para poner en contexto el anuncio de Juan el Bautista, todo esto cerca del año 30  de la vida terrena de Jesús, tenemos que aclarar que la situación social y política del mundo era muy diferente a los que vivimos hoy.  
Las condiciones de vida de los habitantes de la región de Palestina eran de pobreza y de subsistencia ante la opresión y la explotación a través de los impuestos directos a cargo del imperio romano. Ellos, los romanos no inventaron los impuestos, pero si cumplían con el dicho aquel de que hay dos hechos ciertos en las vidas de todos los seres humanos y de lo cual no podemos escapar: la muerte y el pago de impuestos.
Pero había otros problemas: estaba el clasismo que dividía a la sociedad entre los que detentaban el poder y que lo tenían  todo y aquellos que eran gobernado y que no tenían nada. ¿Y qué vamos a decir de la cuestión religiosa que le imponía a los judíos una carga de leyes y mandamientos generados humanamente pero en donde la clase dirigente religiosa le daba un carácter sagrado.
No, humanamente parecía no haber salida a toda una situación de opresión en la palabra libertad solo se conservaba como un objeto de museo…
“Hubo un tiempo en que la palabra euangelion (= evangelio) servía para indicar la recompensa que se le otorgaba a quien traía buenas nuevas. Pero gradualmente comenzó a usarse para apuntar a las buenas nuevas mismas. Este es obviamente su significado aquí en Marcos 1:1. El evangelio es el mensaje de salvación que se dirige a un mundo perdido en el pecado. La parte más importante de estas buenas nuevas no es lo que nosotros hemos de hacer, sino lo que Dios ya ha hecho en Cristo.
Ahora bien, este evangelio tiene que ver con “Jesucristo, el Hijo de Dios”. Tanto Marcos como Juan el Bautista (anunciado en los vv. 2 y 3) tienen en común que siempre dirigen la atención del pueblo no a ellos mismos, sino hacia su Señor. Es así que Marcos nunca se menciona a sí mismo por nombre, ni al principio de su escrito ni en ningún otro lugar, ni siquiera en 14:51, 52. ¡Cuán parecida es su humildad a la de Juan el Bautista (Jn. 3:30)! Marcos 1:1 le da al Salvador un título eminente. Su nombre es Jesús, porque efectivamente “él salvará” (véase Mt. 1:21; 11:27–30; Jn. 14:6; Hch. 4:12). Al nombre personal Jesús, se le añade el nombre oficial de Cristo, que es el equivalente griego de la palabra hebrea Mesías, que significa Ungido (véase Is. 61:1; cf. Lc. 4:16–21). Indica que el portador de dicho título fue ungido por el Espíritu Santo. Es la unción del Espíritu la que separa, comisiona, habilita y ordena a Cristo a los oficios de Profeta, Sacerdote y Rey, a fin de llevar a cabo la labor de salvar a su pueblo para la gloria del Dios Trino.
Después de “Jesucristo”, se añade el título “el Hijo de Dios”. En su Evangelio, Marcos no sólo aplica una y otra vez este título a Jesús (además de 1:1, véase también 3:11; 5:7; 9:7;14:61, 62; 15:39), sino que el título armoniza con el hecho de que a través de todo su libro, Marcos constantemente le atribuye a Jesús cualidades y actividades divinas, mostrando así que el escritor considera que el Salvador es efectivamente el Hijo de Dios en el pleno sentido trinitario (y el resto de las Escrituras confirma este hecho. Cf. Is. 9:6; Mt. 28:18; Jn. 1:1–4; 8:58; 10:30, 33; 20:28; Ro. 9:5; Fil. 2:6; Col. 1:16; 2:9; Heb. 1:8; Ap. 1:8). Sería muy inconsistente que alguien dijese que Jesús era sabio y bueno, para luego afirmar que no era Hijo de Dios en un sentido único, porque si Jesús no era efectivamente Dios, entonces sus pretensiones eran falsas, y si eran falsas, de ningún modo habría sido sabio y bueno. La negación de la deidad de Jesús destruye los cimientos mismos sobre los cuales se edifica la esperanza del cristiano.
De manera que, el principio del evangelio—no el Evangelio de Marcos, sino las buenas nuevas—que habla de Jesucristo, el Hijo de Dios, ocurrieron tal y como está escrito en Isaías el profeta: “He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino” (William Hendriksen, Comentario al evangelio de Marcos, Libros Desafío, 1988).
La venida de Jesucristo al mundo tiene que ver con el gran problema del pecado que se había posesionado del género humano y que la imposibilitaba una relación con Dios. Por lo tanto las buenas noticias o el evangelio es la posibilidad de libertad de las ataduras a las que el ser humano se había atado, en algunos casos voluntariamente y en otras por una cuestión moral heredada en las que no tenemos control. Porque en última  instancia fue un hombre, de hecho el primero en existir sobre esta tierra, quien al pecar o desobedecer a Dios fue el que conoció en forma experimental el hecho y las consecuencias del pecado.
Fue entonces el pecado, el que nos separó de Dios y que nos condenó a vivir sin fe ni esperanza. Si alguien aun no puede ver la importancia entonces del anuncio de las buenas nuevas que se encarnan en la venida a este mundo de Jesucristo quien se declara Salvador del mundo.
Ya no vivimos en el paraíso, sino en un mundo de injusticia, dificultad, dolor y tentación; en un mundo donde los hijos de Dios muchas veces son perseguidos o contrariados y donde, a causa de nuestros pecados, habíamos ganado también nosotros la muerte eterna.  Y sin embargo, también las Escrituras nos hablan del medio para ser librados del pecado y de esa muerte eterna.  Es aquí donde las Escrituras resaltan la imagen y la persona de Jesucristo, quien vino como el enviado de Dios para ser el representante nuestro y para cargar nuestras culpas y pecados en la cruz del Calvario.  ¡Qué consuelo es ahora para nosotros saber que Cristo es nuestro Salvador!
Las Escrituras también nos hablan del agradecimiento que debemos sentir cada día por el hecho de haber sido librados de la condenación eterna a través de Jesucristo.  Es a partir de ese momento cuando tenemos una nueva relación con Dios, una nueva apreciación de esta creación y, por supuesto, tenemos y sostenemos en alta estima las Sagradas Escrituras, que así como a nosotros nos han enseñado esta nueva dimensión de vida, pueden ser también la fuente para muchas personas de manera de que conozcan lo que nosotros hemos conocido.
Te queda ahora el comenzar tu propia investigación y tu propia lectura acerca de las cosas que aquí hemos mencionado.  Los cristianos creemos que la Biblia es la Palabra escrita de Dios.  Y pensamos que cada persona tiene el deber y el privilegio de leer por sí misma acerca de todas estas cosas.  ¡Qué bueno sería que tú, a través de tu propia lectura, llegaras también al convencimiento que anima a millones de cristianos que creen y confiesan que la Biblia es la Palabra de Dios y que ella enseña que ¡Jesucristo es la luz del mundo!




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